Jeannette
Boyer
Un grito en el silencio
Cuando el amor es más fuerte que la muerte
Jeannette Boyer siempre creyó que había algo que no podría superar nunca: la muerte de uno de sus hijos. Incluso llegó a decirlo en voz alta: «Si alguno de ustedes muere, me voy con él». Es como si algo en su corazón le hubiera avisado, porque llegó el día en que la vida la pondría frente a ese miedo.
El 29 de mayo del 2020, Arantxa, su hija menor, murió inesperadamente a los 20 años. En cuestión de segundos, Jeannette se enfrentó a una realidad inimaginable y al gran reto de descubrir cómo seguir adelante cuando una parte de ella también parecía haber muerto.
© 2021
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Jeannette Boyer
Jeannette Boyer (Guadalajara, 1971) es una mujer profundamente sensible, de esas personas que viven la vida con intensidad y para quienes nada de lo que sucede es casualidad. En cada experiencia busca un significado, un sentido más profundo que le permita comprender la vida y comprenderse a sí misma.
Quienes la conocen saben que la honestidad y la lealtad son sus formas de querer. Con Jeannette siempre escucharás lo que realmente piensa. No te juzgará y te defenderá a capa y espada; siempre estará del lado de los que ama. Madre de tres hijos y amiga incondicional, encuentra en la familia, la amistad y los vínculos una parte esencial de su manera de ver la vida.
La partida de su hija Arantxa marcó su historia y dio inicio a un profundo camino de regreso a sí misma. En este recorrido la escritura se convirtió en un espacio para mirar su propia historia y comprender, desde otro lugar, quién había sido y quién quería ser.
Actualmente es tanatóloga y, a través de @vocesdelalma999, comparte en redes sociales una mirada diferente en torno al duelo y la pérdida, poniendo palabras a experiencias sutiles que nos trae el dolor y que, muchas veces, no sabemos nombrar.
Desde su experiencia y formación busca abrir nuevas conversaciones sobre la pérdida y recordarnos que, hablar de la muerte, también es una manera de hablar de la vida.
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Un grito en el silencio
Jeannette Boyer siempre creyó que había algo que no podría superar nunca: la muerte de uno de sus hijos. Incluso llegó a decirlo en voz alta: «Si alguno de ustedes muere, me voy con él». Es como si algo en su corazón le hubiera avisado, porque llegó el día en que la vida la pondría frente a ese miedo.
El 29 de mayo del 2020, Arantxa, su hija menor, murió inesperadamente a los 20 años. En cuestión de segundos, Jeannette se enfrentó a una realidad inimaginable y al gran reto de descubrir cómo seguir adelante cuando una parte de ella también parecía haber muerto.
Un grito en el silencio es el testimonio íntimo de una madre que aprendió a caminar en medio de un dolor que parecía no tener fin. Pero, sobre todo, es la historia de una mujer que, mientras buscaba la manera de seguir conectando con su hija, comenzó un viaje más profundo: el encuentro consigo misma.
A través del duelo, la terapia, la espiritualidad, la escritura y experiencias que transformaron su manera de entender la vida y la muerte, Jeannette comenzó a mirar su propia historia con otros ojos. La partida de Arantxa parecía marcar el final de todo, pero, en palabras de la autora: «El dolor, ese que parecía que me iba a llevar (...) había hecho el efecto contario, me ancló a la vida».
Un grito en el silencio
Capítulo 1
PRÓLOGO
Cambiar el pasado: una historia de amor
«Me veo tal cual soy, en un momento vulnerable de mi vida.
Sin máscaras, así, natural, como soy, sin querer aparentar nada».
Así empezó el primer escrito que leí de ella.
Han pasado poco más de 3 años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Era febrero del 2023. Como en cada inicio de curso, les dejé el primer ejercicio de escritura. Uno que llevaba por título: “Frente al espejo”. Las instrucciones eran muy sencillas: había que tomarse una selfi y escribir sobre lo que veías.
El ejercicio parece ingenuo, pero es muy profundo si te atreves a hacerlo con honestidad. Si vas a escribir sobre ti, sobre tu vida y sobre tu experiencia, es imprescindible que aprendas a mirarte. Que seas capaz de verte en serio, con profunda franqueza y que, por consecuencia, seas capaz de sostenerte la mirada, de no apartar los ojos.
Sucede algo curioso con este ejercicio y es que, usualmente, los alumnos escriben su texto en tercera persona: “veo a una mujer fuerte y decidida”. Pero ella no, ella lo escribió en primera persona: “me veo; soy”. Entonces supe que ella iría hasta el fondo, hasta las últimas consecuencias. Que escribiría esta historia, primero, y antes que nada, por ella. Porque necesitaba contársela a sí misma en voz alta, necesitaba nombrar. Porque escribirla era honrar lo vivido.
Estuve sentada en primera fila viéndola escribir este libro. La vi regresar a su pasado para buscar respuestas, para entender, para unir los puntos, para darle sentido y significado. La vi llorar y la vi reír muchas veces. La vi romperse en mil pedazos y la vi renacer como el ave fénix todas las veces. Pero, sobre todo, la vi acompañándose, sosteniéndose, siendo compasiva y amorosa consigo misma.
Un grito en el silencio no es un libro que trata sobre la muerte. La muerte es parte de la historia, es un detonante, pero solo eso, el punto de partida, el evento que desata todo, pero no la protagonista. Las protagonistas son Jeannette y Arantxa y, para mí, esta es una historia de amor. Una historia de amor que va en dos sentidos.
Primero, es la historia de amor entre madre e hija. Recuerdo que al inicio de comenzar a trabajar el manuscrito Jeanne me decía constantemente: “Mi relación con Arantxa es muy especial” así, en presente, “es”, porque la muerte no rompe con un vínculo de amor. Debo de confesar que no logré dimensionar lo especial que era esta relación hasta que leí el capítulo “Arantxa a través de mis ojos”. Ahí toda la historia cobró sentido. La complicidad desde que estaba en su vientre, cómo se comunicaban con la mirada desde que Arantxa era muy pequeña, los desafíos en las escuelas, como eran mejores amigas...
En estas páginas encontrarás un vínculo madre-hija que muchas veces se sale de lo convencional, de los constructos sociales. Es un vínculo que se ancla en algo más grande que la sangre, o la cercanía, o el cariño natural que siente una madre por su hija y una hija por su madre. Me gusta pensar que entre ellas el vínculo está dado por una elección de almas. Por un pacto que hicieron en algún momento quien sabe dónde. Por un amor que sobrepasa todo entendimiento.
Y segundo, es una historia de amor propio. De lealtad radical hacia una misma. “Lo fácil hubiera sido morirme”, escribió en algún capítulo. Pero ella eligió honrar la vida de ambas. Vivir con intensidad por ambas. Decidió ser ella, sin pedir disculpas ni permiso.
Quizás por eso este libro nos toca profundo. Porque habla de una pérdida imposible, sí. Pero, sobre todo, porque habla de algo que ninguna ausencia puede borrar: el amor.
Dicen que el pasado ya pasó. Que para qué regresar. Por qué revivir algo que nos dolió. Pero soy de las que creen que el pasado no está cerrado. El pasado está abierto, podemos regresar a él cada vez que lo necesitemos. Y lo hacemos para vivir un mejor presente. Porque sí, si eres capaz de reinterpretar tu historia, de cambiar la narrativa de tu vida, entonces, estás cambiando el pasado. Y cambiar el pasado tiene un efecto dominó. Cuando mueves algo del pasado, automáticamente, se reconfiguran el presente y el futuro.
Mi querida Jeanne, te vi cambiar tu pasado. Te vi convertir la peor tragedia de tu vida, tu mayor miedo, en uno de los eventos más significativos y memorables de tu existencia. Te vi abrazar tus heridas y mirar de frente al dolor. Te vi reconstruirte, enamorarte de la vida, de ti, de quien eres. Gracias por atreverte a contar esta historia. Gracias por ahora regalarla al mundo.
A veces me cuesta pensar que nunca te conocí Arantxa. Jeanne habla de ti siempre en presente. Benito, Mariana y ella siguen honrándote en las celebraciones familiares y fechas importantes. Te haces presente en todos los momentos cruciales de sus vidas y, también, en los días cotidianos donde un colibrí o el color rosa les recuerda que aquí sigues, que los acompañas siempre.
Sospecho que, así como yo, cuando los lectores cierren estas páginas, más que recordar el dolor, recordarán el amor. Nuestra gran capacidad humana de, pase lo que pase, seguir amando.
Marty Halley
Ciudad de México, 11 de junio 2026
Capítulo 2
1 LOS MILAGROS SON MILAGROS HASTA QUE DEJAN DE SERLO
—¡¡¡Nooooooo!!! —gritó Mariana al escuchar por teléfono que Arantxa acababa de morir.
En shock, y sin mirarme, me pasó el celular, abrió la puerta de la camioneta y se echó a correr por una explanada que estaba al lado de la carretera. Recuerdo verla por la ventana; aunque yo estaba como hipnotizada, no la perdí de vista un solo segundo. Corría sin rumbo, agarrándose la cabeza, sacudiéndose el pelo con tanta fuerza que parecía que el cuello se le iba a romper. Se dejó caer al suelo; hincada, gritaba el nombre de Arantxa sin parar mirando al cielo, agarrándose la cara, como cuando un niño hace un berrinche, solo que aquí era el dolor más desgarrador que jamás había vivido. Agarraba la tierra con esa desesperación que no puedes controlar y haces lo que sea para evadir una verdad, deseando que fuera mentira.
El novio de Mariana la alcanzó y la contuvo abrazándola. Fue ahí, cuando ya sentí que estaba segura, cuando pude comenzar a asimilar lo que su papá me había dicho: «Arantxa nos acaba de dejar». Jamás olvidaré ese grito; aún hay días que me retumba en el oído. La tragedia más grande de mi vida apenas comenzaba.
Era la 1:20 de la madrugada, un 29 de mayo del 2020, cuando mi vida cambió para siempre. Sonó mi celular; era Arantxa, la más pequeña de mis hijos. A pesar de la hora, recuerdo que contesté sin pensar en nada catastrófico.
—Hija, ¿qué pasó? Ya estaba dormida. —En lugar de Arantxa, escuché a su papá.
—Arantxa se siente mal, le duele mucho el pecho y le cuesta respirar. Ya hablamos con Alberto y nos dijo que vayamos al hospital a que la revisen.
Alberto era su cardiólogo de Guadalajara.
En ese momento me paralicé y pensé: «¡¡¡COVID!!!».
—Hija, dime cómo estás, qué sientes.
—Mamá, me cuesta hasta hablar; me duele mucho el pecho.
—Está bien, hija, no hables, que te revisen y cuando llegues avísame qué tienes y cómo estás. Te amo con todo mi ser, todo va a estar bien, ya lo verás.
Para mí lo más importante era que no se asustara y no transmitirle mi miedo. Pero cuando colgué me quedé muerta del susto, sin saber qué hacer. No estaba conmigo; había decidido irse a vivir a Monterrey con su papá para estudiar la carrera universitaria. Siempre había estado con ella en todo y ahora me encontraba lejos. La cabeza me daba mil vueltas, no podía dejar de pensar; no entendía nada.
Apenas una hora antes, como a las 12:15, habíamos colgado después de una larga plática, muertas de risa las dos. Me contaba de Marcelo, su novio, y lo feliz que estaba. Me reclamaba que no le hubiera contado a Marifer, su prima, sobre su novio. El anterior le había dado muchos dolores de cabeza y la hizo sufrir mucho, así que quería que el mundo entero supiera de su Marcelo. Por eso, ella sola se encargó de poner al tanto a su prima esa misma tarde. Era muy ocurrente, muy intensa en sus emociones; vivía todo al cien, cualquiera que fuera el sentimiento. Me contaba que iban a comer sushi al día siguiente; del promedio de 8.5 que había logrado en su carrera, un gran orgullo para ella porque estudiar nunca fue lo suyo. Después de casi dos horas colgamos; yo no podía del sueño.
Corrí a despertar a Mariana, mi segunda hija, y le conté que Arantxa estaba mal, que la habían llevado al hospital. Mariana no se preocupó y siguió durmiendo. En realidad, no había nada grave de qué preocuparse, ella estaba bien. Pero algo dentro de mí me decía que no. No encuentro las palabras para describir lo que estaba sintiendo sentada en mi cama, sin poder hacer nada más que pensar y pensar, y esperar a que me dijeran qué tenía y que todo estaba bien.
Hasta que volví a hablar con ella. Su voz era otra, ya no había dolor y volvía a escuchar a mi niña tranquila.
—Madre, no te asustes, todo va a estar bien. —No le gustaba verme preocupada.
Aún no sabía qué tenía, pero estaba mejor y eso me tranquilizaba. No solté mi celular ni un segundo, perdí la noción del tiempo. En una de tantas vueltas que di, llamé de nuevo a su papá.
—Le fueron a realizar un electrocardiograma; en cuanto regrese, te aviso.
Por fin, a las 3:28 a. m. me escribe Arantxa: «Me voy al depa, oh, yeeeees. Pero dieta bien ligera». Todo indicaba que era gastritis y ya se iba a casa. Así que se van al departamento con la recomendación de llevar una dieta bien ligera. Mi alma descansó; le digo que se cuide mucho, que siga el protocolo al llegar (estábamos en plena pandemia de COVID-19) y que la amo más allá de mí. Esa fue nuestra última conversación en este plano.
No pasaron ni diez minutos cuando me llamó su papá; no podía hablar del pánico que lo embargaba:
—No sé qué le pasó a Arantxa; le estaban quitando el suero y se torció, aventó la cabeza hacia atrás.
Yo no entendía nada.
—¿Cómo? Ya se iban a casa, ¿no? Era gastritis. ¿Cómo que se torció? ¿De qué hablas?
—No sé, no sé qué pasa; me sacaron, solo decían «código azul».
El miedo más grande de mi vida estaba ahí, haciéndose realidad: mi niña se me moría y no alcanzaba a dimensionar lo que pasaba. Como la mente nos juega sucio, o más bien nos protege para no entender, me dije: «Es una convulsión». Borré de mi mente la frase «código azul», que bien sé que se refiere a la reanimación ante un paro cardíaco, solo que en ese momento no lo pensé.
Su papá ya no me pudo decir más, solo que la llevaron intubada a terapia intensiva y que llamara a Alberto.
—Alberto, ¿qué está pasando?
—Un infarto, caray.
Recuerdo que en ese momento estaba sentada en el sillón de mi sala, donde pasaría el próximo año de mi vida.
—¿Cómo? No puede ser, un infarto. ¿Por qué?
—No sé, fue fulminante. La lograron sacar, pero sé fuerte, Jeannette; pídele a Dios que se la lleve, porque no te va a gustar cómo va a quedar si logra sobrevivir. Pasaron muchos minutos que dañaron su cerebro. Está en terapia intensiva; ya va un cardiólogo de allá, estaré en contacto con él en todo momento.
Colgué y me quedé impávida, veía todo a mi alrededor en cámara lenta. Me levanté del sillón y subí al cuarto de Mariana a decirle cómo estaba su hermana, pero ella ya estaba al teléfono con su papá. Jamás había visto esa cara en mi hija; estaba aterrada.
Aún no entiendo la calma con la que escuché una de las noticias más terribles de toda mi vida. Mi niña, de tan solo 20 años, en el mejor momento de su vida y habiendo librado tantas batallas... Así, en una fracción de segundos, la vida se le iba y con ella me arrebataba uno de mis tesoros más preciados.
En medio de todo eso llamé al novio de Mariana. Necesitaba que viniera a la casa y me ayudara con ella. Mi hija estaba devastada, no paraba de llorar y de gritar; pero yo sólo pensaba en que tenía que ver cómo irme a Monterrey, más ahora que no había vuelos por el maldito COVID-19. Pensé en mi hermano Fernando; él tenía amigos con avión particular que ya en alguna ocasión, hacía muchos años, nos habían ofrecido para llevar a Arantxa a Estados Unidos. Le llamé varias veces y no contestó. Llamé a su esposa y logré contactarlo para contarle lo que estaba pasando, pero él ya no conocía a nadie que tuviera una aeronave.
Empecé a buscar por todos los medios la forma de irnos, hasta que encontré que solo había un vuelo de Guadalajara a Monterrey a las 5 de la tarde, con escala en la Ciudad de México. Eso no nos servía: llegaríamos muy tarde y no podíamos esperar tanto. Además, existía el riesgo de que lo cancelaran. Mi hija se moría, teníamos que llegar ya. A partir de ese momento, a pesar del dolor, la angustia y la desesperación, me mantuve en calma; sentía mucha paz, y entonces todo empezó a acomodarse de una manera mágica.
Decidimos irnos manejando a Monterrey en mi camioneta. Enseguida hice mi maleta, no había tiempo que perder. Desde ese momento, todo comenzó a darse: una tragedia que se empezaba a entretejer con lo más perfecto que he vivido, aunque eso sólo lo entendería más tarde.
Mientras hacía las maletas llegó Marifer, mi sobrina, quien es como otra hija para mí. Mi hermano le había contado lo que estaba pasando y enseguida se encaminó a mi casa para ayudarnos en lo necesario. Ella se quedó a cargo de Lola y Gretel, dos cockers que son el amor de la familia; fue un peso menos que cargar.
Mientras escogía qué llevarme, llamé a Brenda, una amiga con la que compartía una historia similar con nuestros hijos. Más que ponerla al tanto de lo que estaba pasando, buscaba que me calmara, que me dijera que todo iba a estar bien, como en situaciones anteriores. Pero en el fondo yo sabía que esto era distinto, que nos rebasaba. También llamé a una prima que vivía cerca de Monterrey; le pedí que fuera al hospital a acompañar al papá de mis hijos para que no estuviera solo. Y mi última llamada antes de salir de la casa fue a Mine, mi amiga. Recordé que tenía un cliente que no había pagado su seguro y se lo iban a cancelar; había que avisarle, pero Mine no me contestó. Hoy me pregunto cómo tuve cabeza para recordar eso. Aún no lo sé; quizás en el fondo estaba buscando distraerme y sentir que aquello no era tan grave, que sí podía hacer ese tipo de cosas, que tenía tiempo para dejar todos mis pendientes «resueltos». ¿O quizás era que, intentando controlar todo lo terrenal, de alguna manera le daba algo de paz a mi mente y a mi corazón? No lo sé.
LA CARRETERA
Eran las 5:30 de la mañana cuando salimos a casa del novio por sus cosas para encaminarnos a Monterrey. Serían ocho horas de camino y, si todo salía bien, al cabo de ese tiempo estaría con mi hija. Recuerdo que iba pensando: «Se va a morir». Mi miedo más grande empezaba a manifestarse en lo más profundo de mi ser, pero la calma y la paz no me dejaron ni un momento en un instante en el que habría creído volverme loca.
Un año y medio atrás había muerto mi papá. En aquel momento volteé al cielo y dije:
—Ya he vivido muchas pérdidas; la de un hijo no la soportaría, me muero.
Y les dije a mis hijos:
—Si se va uno de ustedes, yo me voy.
Desde entonces, mis palabras quedaron marcadas en ellos y en mí. No dejaba de darme vueltas la cabeza; no la veía desde enero porque la pandemia impidió que nos reuniéramos. Todo estaba planeado para que viniera a pasar conmigo el verano; su papá la traería en coche para cuidarla del COVID-19. ¿Cómo era posible que aquellos planes, de un momento a otro, se hicieran tan efímeros? Mi mente era una revolución; me preguntaba una y otra vez qué iba a hacer. Sabía lo que estaba a punto de suceder, pero al mismo tiempo me sentía dentro de una burbuja que estaba a nada de reventar, en esa paz inquietante, justo antes de la tormenta. Creo que, sin saberlo, me estaba protegiendo para no volverme loca. Me metí en un mundo de ilusión en el que me repetía: «No se puede ir, es imposible. ¿Yo sin mi hija? No hay manera, esto es un sueño, ya voy a despertar». Pero esa ilusión terminaba más rápido de lo que tardaban en entrar las llamadas, y los mensajes me regresaban de golpe a la realidad. Qué bueno que no me fui en avión; no hubiera podido desconectarme ni un segundo del celular, ni habría soportado estar rodeada de tanta gente, lidiando con la angustia de que en cualquier momento me dijeran: «Ya se fue».
Eran cerca de las ocho de la mañana; sentía que llegaba el momento y no alcanzaría a verla con vida. Le pedí a Mariana que llamara a su papá, pero no contestó. A las 8:30 nos regresó la llamada. Arantxa estaba muy mal: le había dado otro infarto y estaban reanimándola. Mi corazón se paralizó junto al de mi niña; no podía concebir lo que escuchaba y, a la vez, lo sabía: se iba a morir.
En ese momento vino a mi mente una conversación que tuve con Arantxa justo tres días antes. Me había hecho unos estudios y algo no había salido del todo bien, pero nada que no tuviera solución con un cambio de dieta y ejercicio. Así que le dije que, si algo me pasaba, no quería que me intubaran. Ella estaba preocupada por mí, pero también aprovechó para decirme:
—A mí tampoco, mamá; no quiero que me intuben.
Yo, como cualquier padre al que le aterra la simple probabilidad de que su hijo muera, le dije que no se pusiera de ejemplo, que estábamos hablando de mí. Así que seguí con mis peticiones; le dije que no se les olvidara que quería que mis cenizas se esparcieran en el mar, con muchas flores. Y Arantxa insistió en que las de ella también. Al recordar eso, enseguida pensé en mi promesa. Así que dije:
—No más reanimación; que la dejen en paz; ni una más.
En medio del dolor todo empezaba a cobrar sentido: yo sabía lo que iba a suceder. En mis momentos más críticos siempre le pedía a la Virgen y a mi mamá que me ayudaran, que me hicieran el milagro; pero esta vez no lo pedí. No era necesario; su momento había llegado, mi alma lo sabía.
Íbamos por la carretera, había una explanada y el horizonte me recordó una película de una adolescente que había muerto. En una escena similar a la que tenía enfrente, mostraban a la joven caminando descalza. Fue justo ahí donde supe que ya había muerto. Pude ver a Arantxa caminando hacia mí.
Le pedí una vez más a Mariana que llamara a su papá. De nuevo no contestó, pero no tardó mucho en regresar la llamada; me percaté de que le dijo a su novio:
—Mi papá quiere hablar contigo. Ahí confirmé todo: acababa de morir. Él se orilló. ¿Recuerdan que les dije que todo comenzaba a ser perfecto? Pues esta es una de esas perfecciones: en medio de la carretera había un lugar donde orillar la camioneta. Mariana tomó el celular, su papá le dio la noticia y pegó un grito que jamás olvidaré:
—¡¡¡Nooooooo!!! —Yo iba hablando con una prima y, sin necesidad de escuchar más, le dije:
—Acaba de morir. —Ya lo sabía, pero, como esas cosas que necesitamos oír para hacerlas reales, me atreví a escuchar al papá de mis hijos:
—Arantxa nos acaba de dejar.
Recuerdo quedarme inmóvil, como si el asiento de la camioneta me tragara. Vi la cara del novio por el retrovisor; me miraba aterrado, como esperando a ver qué iba a hacer. Tiempo después me dijo que en ese momento recordó lo que yo había dicho cuando murió mi papá: que, si un hijo se moría, yo me iba con él. Mariana se bajó de la camioneta y empezó a correr por la explanada; gritaba y se revolcaba en el suelo mientras su novio intentaba sostenerla. Yo simplemente intentaba asimilar lo que estaba pasando, sin comprender nada. Solo observaba a mi hija y pensaba: «¿Qué voy a hacer?».
Al ver a Mariana, enseguida vino a mi mente Benito, mi hijo, el mayor de todos. Yo le había llamado una hora antes, le dije que ya íbamos a Monterrey, que fuera fuerte, que yo sentía que Arantxita no iba a librarla. Él insistía en que su hermana era fuerte, que siempre la había librado. Pero yo sabía que esta vez era diferente. Mi cabeza volaba, tenía que contener a Mariana; mi hijo estaba solo en Querétaro con semejante noticia preparándose para partir a Monterrey a ver a su hermana. No pasaba por su cabeza que pudiera morirse. Su travesía todavía era larga, tenía que tomar un camión a la Ciudad de México y de ahí volar a Monterrey; así que a las pocas personas con las que había hablado les pedí que no dijeran nada para que mi hijo no se enterara. Pero alguien, no recuerdo quién, me comentó que su papá ya lo había publicado en Facebook. Me sorprendió y asustó saber a mi hijo solo con semejante noticia. Fue entonces cuando su papá me contó que, antes de publicarlo, había decidido decirle que Arantxa había muerto.
Fue como un tsunami que me golpeó por todos los frentes; me quedé paralizada. Estaban sucediendo muchas cosas: no solo era que Arantxa acababa de morir, sino Mariana devastada y Benito lejos. Me dolía su dolor, el mío, el de su papá en el hospital, que enfrentaba todo solo, con una amiga que acababa de conocer, y mi prima, quien no pudo llegar en la madrugada porque llovía muy fuerte, así que lo acompañó hasta la mañana.
Cuando Mariana se calmó un poco, pudo volver a la camioneta y continuamos el viaje. En la primera gasolinera nos detuvimos; ya eran cerca de las diez de la mañana, pero faltaba mucho para llegar. Él me dijo:
—Necesito asimilar, señora, es muy duro.
Pensé: «Esto es una locura, no puede estar pasando, que alguien me diga que es un mal sueño, una pesadilla de la que pronto despertaré. ¿Cómo que mi hija se murió?». No lo procesaba, ¿cómo asimilar algo así? Todavía hoy, a poco más de seis años de que Arantxa trascendió de este plano, a veces creo que es un sueño del que voy a despertar.
Continuamos el viaje. Todo había cambiado; ya no tenía prisa por llegar a verla con vida, pues ya no estaba. Ahora era otra la angustia: que se la llevaran a la funeraria y no poder verla en el hospital. Yo iba en la parte de atrás de la camioneta, tenía todo el espacio del mundo para acostarme, pero me quedé sentada justo detrás del copiloto, donde iba mi hija. Estaba tiesa; lo único que podía hacer era observar el paisaje, imaginarme a Arantxa y pensar qué iba a hacer con todo este dolor. Sin saberlo, todo ese tiempo de carretera me estaba dando un poco de ventaja para asimilar lo que estaba a unas cuantas horas de enfrentar: ver a mi hija.
Las llamadas empezaron a llegar; tomé algunas, otras no podía ni quería contestarlas. Llamé a su cardiólogo:
—Alberto, dime qué pasó.
—No entiendo, ella estaba muy bien. ¡Fue COVID-19, caray! No te quites el cubrebocas al verla, no vaya a ser.
No recuerdo cómo terminó esa llamada, pero con eso me quedé. De verdad no entiendo cómo en aquellas circunstancias tenía cabeza para todo y para todos. De un sobresalto pensé en Marcelo, el novio de Arantxa.
—¡Tenemos que avisarle! —le dije a Mariana. Ella no sabía que había hablado con Arantxa unas horas antes. Habían quedado el día anterior en ir a comer sushi a la una de la tarde. Mi corazón se apachurró más. ¿Cómo podíamos darle semejante noticia? ¿Cómo alguien se puede morir nomás así? Era irreal, era mi hija. ¡Qué dolor tan grande, Dios mío!
Después de varios intentos, Mariana logró contactar a Marcelo. Lo conocíamos muy poco, llevaban apenas tres semanas de novios. Se conocieron por unos amigos en común, en plena pandemia, pero Arantxa estaba muy enamorada, decía que ya había encontrado a su chico. Para Marcelo fue extraño recibir la llamada de Mariana y, cuando le dio la noticia, no lo entendía. Claro, quién iba a entender algo así, era una locura. Él también pensaba que aquel malestar era gastritis; aquello parecía una broma de muy mal gusto, pero no era así: se trataba de una verdad muy dolorosa de entender y mucho más difícil de aceptar.
Después le avisamos a Gali, su mejor amiga. Hacía más o menos un año que se había casado y fue su marido quien contestó. No quería pasársela a Mariana, le decía que estaba dormida, que le dejara recado, pero Mariana, ya enojada, le dijo que era algo urgente y que solo se lo iba a decir a ella. No alcancé a escuchar la reacción de Gali, pero me la pude imaginar.
Ya no le avisamos a nadie más; la rapidez con la que se expandió la noticia fue impresionante. Cuánto dolor había... Arantxa era muy querida, tenía muchos amigos, era muy especial para todos, no había forma de no quererla. Era, es y seguirá siendo lo máximo por toda la eternidad.
Cada minuto que avanzábamos por la carretera el miedo me paralizaba más; no sabía cómo iba a reaccionar al ver a mi hija. Si tan solo hacía unas horas estábamos al teléfono muertas de risa, ¿cómo la vida me la podía arrebatar así? Como el viento cuando se lleva una hoja… No podía de dolor, de tristeza; cargaba con la mía y la de todos, ¡tenía que contener tanto! Sentía que me correspondía, que tenía que sostener a todos, pero no fue así: mis hijos me demostraron tener una fuerza que jamás imaginé.
Su papá me llamó para preguntarme si quería que le hicieran una autopsia. No dudé un segundo, mi respuesta fue un no contundente: no quería que le tocaran un pelo más a mi niña, solo que la dejaran en paz. Le hice prometer que no se la llevarían hasta que llegáramos y la viéramos en el hospital. Pensé que la encontraría en una habitación, cubierta con una sábana blanca; imaginé de muchas formas ese reencuentro, todo menos lo que sería.
LO QUE JAMÁS IMAGINÉ
Después de un largo viaje de más de ocho horas, por fin llegamos al hospital; eran las tres de la tarde. Recuerdo muy bien que, cuando puse un pie fuera de la camioneta, supe que ya no había marcha atrás. Sentí cómo todo mi cuerpo se paralizó; caminé un poco encorvada, como cuando te duele mucho algo y en esa postura sientes que disminuye el dolor o te proteges de él. Eso era, un dolor que corría por todo mi cuerpo y se apoderaba de mí, ese dolor del alma que no se puede describir con palabras. Quería meterme dentro de mí y no salir jamás, y eso fue justo lo que hice todo el año siguiente: adentrarme en lo más profundo de mi ser para sobrevivir.
Veía a Mariana deshecha; había perdido a su hermana, su mejor amiga y confidente. En ese momento sentí lo que es realmente el amor de una madre, que hasta en el instante más difícil es capaz de olvidarse de sí misma con tal de ver que sus hijos estén bien. Seguimos caminando hacia el área de urgencias, por donde ingresaríamos al hospital. Al llegar, nos tomaron la temperatura y no nos dejaron entrar porque teníamos un poco de fiebre. No hubo forma de hacerles entender nuestra situación; veníamos de un largo viaje, con el sol encima. Les dije que mi hija acababa de morir, que por favor fueran comprensivos. Pero fue imposible y nos pidieron que fuéramos a la puerta principal.
Al dar la vuelta vi sentada a lo lejos a mi prima. Caminé hacia ella; sentía mis pasos en cámara lenta, como volando, y a la vez una gran prisa en mi interior: quería ver ya a mi niña. Mi prima se levantó y se acercó; vi en su cara la realidad frente a frente. Ella fue mi primer encuentro con el mentado pésame que tanto aborrezco. Nos dimos un abrazo; yo estaba desorbitada, era una especie de robot con los sentimientos reprimidos, contenida porque estaba a punto de volverme loca, de explotar como un volcán. Todavía no veía lo que más me partiría el alma y que no he podido borrar de mi mente hasta hoy: el estado en que encontré a mi niña.
Finalmente entramos al hospital, vi al papá de mis hijos y nos dimos un fuerte abrazo. En ese instante me dijo:
—Ahí está Marcelo, acaba de llegar.
Yo solo lo conocía por fotos y a través de los ojos de Arantxa, que hablaba maravillas de él. Me di la vuelta para verlo. Mi corazón empezó a latir más rápido, sentí que me iba a desmayar. Caminé hacia él, le di un abrazo con todas mis fuerzas y solo le pude decir:
—Arantxa me dijo cosas maravillosas de ti, me duele en el alma conocerte en esta situación. —No recuerdo qué me respondió, yo era un zombi.
Enseguida el papá de mis hijos nos dijo que subiéramos, pues la tenían allí. Otra vez sentía que las piernas se me doblaban; no había nada que lograra sostenerme más que mi propia fuerza y algo dentro de mí que no me dejó caer desde ese día hasta hoy. Ahora sé que esa fuerza es mi hija, que no me ha soltado desde que su alma se desprendió del cuerpo en el primer infarto. Solo ella podía sostenerme, nadie más, porque cada uno de nosotros estaba luchando por no derrumbarse.
La manera en que creí que volvería a ver a mi hija —en la habitación del hospital, en su cama, cubierta por una sábana blanca— no sucedió. Arantxa había muerto a las nueve de la mañana y eran las tres de la tarde. Los hechos ocurrieron de otra manera. Una señorita muy amable me dijo:
—Tiene dos opciones para ver a su hija antes de que la lleven a la funeraria. Una es en la cámara frigorífica del hospital; no se lo recomiendo porque hace mucho frío, además de que resulta muy traumático que la vea allí.
Al escuchar esas palabras sentí que el corazón se me detenía y, al mismo tiempo, comenzaba a latir con más fuerza; sentía que se me saldría del pecho. ¿Qué era eso? No entendía o no quería entender lo que estaba viviendo, lo que me esperaba. Entonces pregunté por la otra opción.
—La otra es que, cuando lleguen los de la funeraria, se detengan en ese espacio y se queden un momento con ella antes de partir —acepté esa opción.
—¿Cuánto falta para que lleguen?
—No deben tardar, treinta minutos más o menos, ya vienen en camino.
Mientras escribo esta parte de la historia, en mi oficina en casa, con el aire acondicionado, siento un frío que me paraliza; siento a mi hija ahí, en ese congelador del hospital. No puedo parar de llorar y en eso las palabras de Arantxa me sostienen: «Mamá, no seas tan dura contigo, busca un lugar más cálido, no tienes que sentir este frío para escribir, ve a tu cuarto y recuéstate un rato». Me acuesto hecha bolita en mi cama y siento su presencia con mucha fuerza. En el cuarto calientito lloro a mares y me quedo dormida. No me había hecho consciente de lo que viví realmente hasta que comencé a escribir; a nadie le había contado nada sobre ese día y los que estaban por venir.
No recuerdo cuánto tiempo pasó, no más de media hora, pero se sintió como un siglo. Mi cabeza iba a reventar, toda la vida de Arantxa pasó frente a mí en un segundo, y le comencé a hablar en mi mente: «No te veo, pero aquí estoy, hija mía, ya llegó tu mamá. Mi niña, no tengas miedo, aquí estoy». En ese momento yo no lo sabía, pero ahí empezó mi comunicación con ella. Todos los sentimientos posibles me abordaban uno tras otro; el único que jamás llegó fue la culpa. Recuerdo ver todo en cámara lenta: a Marcelo, a Mariana y, más a lo lejos, a su papá; sentía su mirada fija en mí, como esperando mi reacción.
Cuando volteo, veo que por fin traen a mi niña. ¿Cómo puedo expresar lo que sentí al verla en una camilla, de esas que se usan cuando trasladan a un enfermo? Solo que no era un enfermo, ni llevaban a mi hija a cirugía; venía en una bolsa negra, sin vida. Ahí sentí que me iba con ella, ¿qué era eso que estaba viendo? El corazón se me detuvo, estoy segura; enseguida sentí cómo bombeaba de nuevo con tanta fuerza que la sentía en todo mi pecho, hasta el cuello. Sentía cómo las venas crecían, parecía que iban a reventar. ¿Quién podía evitar que yo viviera ese momento? ¿Quién podía sostenerme? Nadie, absolutamente nadie más que yo. Ahora lo sé: en ese momento salió toda mi fuerza; si no me moría ahí, ya no me moriría. Aunque más adelante ese sería mi deseo más grande: morir y dejar de sentir tanto dolor.
Se detienen por fin en un cuarto, más bien un pasillo con puerta, justo antes del elevador por donde la bajarían para llevarla a la funeraria. Cuando nos indican que podemos pasar, todo volvió a la cámara lenta. Entiendo ahora que fue una estrategia de mi mente: tenía que sentir pausado el tiempo; de lo contrario, me habría desmayado. Cuando pasamos, estaba ahí esa bolsa negra, tan fría, con una de las personas que más amo en mi vida: ¡mi hija!
Así como recuerdo el grito de Mariana en plena carretera al enterarse de la muerte de su hermana, recuerdo con exactitud el sonido del cierre de la bolsa negra. El momento había llegado, estaba ahí. Su carita estaba intacta, hermosa; una paz que jamás había visto irradiaba su rostro. Sus cejas perfectas, sus ojos enormes cerrados, su boquita impecable; se veía tan bonita, como si estuviera dormida, con las manos cruzadas sobre el pecho: era un ángel. Yo no podía dejar de verla, de besarla, de decirle al oído lo mucho que la amaba; que me diera fuerza para soportar este dolor.
Ante esa camilla me encontraba frente al miedo más grande de mi vida, pero a la vez tenía una paz inmensa; sabía dentro de mí que así tenía que ser, como si mi alma me hablara y yo lo entendiera todo. En aquel momento yo era una cosa y mi alma otra muy distinta. Sentí la separación, la diferencia entre las dos: yo me habría muerto ahí con ella, pero mi alma, algo en mi interior, me sostenía con fuerza. Recuerdo que, además de mi dolor, podía sentir el de los demás; de hecho, me preocupaban más que yo misma. Sentía que, si algo se salía de control, ya no daría más y colapsaría. Veía a Mariana abrazando a su hermana y lo único que quería era quitarle ese sufrimiento. Pensaba en mi hijo, que no iba a alcanzar a verla ahí, y en todo lo que se venía; este era solo el principio de un dolor que jamás habíamos experimentado.
No estuve mucho con ella. ¿Cuánto tiempo habría sido necesario para cubrir los meses que no la había visto y toda una vida por delante sin ella? Algo en mi interior se empezaba a formar y le daba entendimiento al proceso; no era yo, era algo más grande. Le di la oportunidad a Marcelo de estar con ella, tenía que compartir mi tiempo; Arantxa era muy importante para todos, estaban devastados. Hasta que llegó el momento de decir el primer adiós a su cuerpo físico antes de que la llevaran a la funeraria.


